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China ve la luz al final del túnel

Por primera vez desde que en enero se reconociera la transmisión del coronavirus de persona a persona, la Comisión Nacional de Sanidad china anunció no haber detectado ningún caso de contagio local. Ni en Wuhan, origen del brote vírico; ni en la provincia de Hubei, la más afectada de todas; ni en el resto de su vasto territorio. Un hito para un país donde hace unas semanas los casos de nuevos infectados se contabilizaban por miles y cuyo ejemplo pretende inspirar a otras naciones castigadas por el patógeno.

El camino hasta lograr esos cero contagios no ha sido sencillo. El 8 de enero, este diario informó por primera vez de la existencia de una misteriosa neumonía en la ciudad de Wuhan. Por entonces, las autoridades hablaban de 59 infectados y ningún fallecido, aunque su mera aparición revivió el fantasma de la epidemia del SARS, que en el año 2003 dejó casi 800 muertos y 8.000 infectados en todo el mundo.

El escrupuloso respeto del aislamiento y la gran movilización sanitaria han dado frutos

No habían pasado ni 14 días cuando, con el número de nuevos casos disparado, las autoridades cortaron por lo sano y decretaron por sorpresa el aislamiento completo de la provincia de Hubei y sus 60 millones de habitantes. En los días siguientes, millones de personas más vieron sus movimientos restringidos, se instalaron controles en los accesos a pueblos y edificios públicos y se paralizó por completo la cadena de producción de la segunda mayor potencia del planeta. Un modelo de gestión draconiano, tachado por muchos de antidemocrático, pero que ahora está siendo copiado al pie de la letra por otras naciones.

Durante estas semanas, se ha descubierto que las autoridades locales de Hubei ocultaron al principio información sobre el brote y silenciaron a los sanitarios que quisieron dar la voz de alarma (la muerte de uno de ellos por el virus, el oftalmólogo Li Wenliang, provocó una ola de indignación nunca vista en las redes sociales chinas). También hubo escasez inicial de material médico básico –como mascarillas, guantes y trajes protectores– y mucha gente no recibió la atención necesaria por la falta de tests y la saturación de los centros sanitarios. Que las autoridades modificaran varias veces la forma de contabilizar los casos sembró dudas sobre la veracidad de los datos oficiales, de los que muchos siguen desconfiando.

Pero tras el impacto inicial, China puso a trabajar su poderosa maquinaria. Construyó hospitales de la nada, acondicionó decenas de espacios para servir como centros médicos improvisados, aceleró la fabricación del material sanitario necesario y movilizó ingentes recursos financieros y personales, incluyendo miles de sanitarios civiles y militares que volaron desde todos los puntos del país a la provincia de Hubei. Estas medidas, sumadas al escrupuloso respeto de la mayoría de la población a las indicaciones, les han permitido revertir la situación. Por ahora, el saldo de víctimas asciende a 3.245 fallecidos (ocho en el último día) y unos 81.000 infectados.

Ha pasado de ser vista como la incubadora del virus a la potencia responsable que ayuda

Mientras el país se ha embarcado en una carrera por ser el primero en conseguir la vacuna, la vida vuelve poco a poco a las calles. Algunos colegios de zonas poco afectadas ya reciben a sus estudiantes, han abierto comercios y restaurantes y las autoridades hacen un llamamiento a reactivar la maltrecha economía cuanto antes. Aunque con cautela, Pekín da la batalla por ganada al virus. Pero después de tantos sacrificios no quiere bajar la guardia. Ahora, lo que más preocupa son los casos importados del extranjero (34 en el último recuento, 189 en total), que corren el riesgo de originar un rebrote.

“Una sola chispa puede provocar un incendio en la pradera”.—Diario estatal China Daily

Para evitarlo, Pekín y otras ciudades han impuesto estrictas cuarentenas a todos los pasajeros, nacionales o extranjeros, que vengan al país, y ayer mismo pidió a las aerolíneas que reduzcan el número de vuelos internacionales.

Tras su éxito, China se ha embarcado en una ofensiva diplomática con la que cubrir el hueco que en tiempos de desastres naturales o emergencias de salud pública solía tapar Occidente. Desde Japón a Irán pasando por Europa o Sudamérica, Pekín ha brindado ayuda humanitaria en forma de donaciones –millones de mascarillas, respiradores, tests, guantes, etcétera– y asistencia médica, lo que le permite reposicionarse y pasar de ser vista como la incubadora de la pandemia a la potencia responsable que ayuda en momentos de crisis.

Ya sea que lo haga con toda su buena intención o sea una mera operación de relaciones públicas, lo que parece es que está funcionando. “La solidaridad europea no existe”, se quejaba el presidente serbio, Aleksander Vucic, por las restricciones impuestas a la exportación de material sanitario. “Eso es un cuento de hadas. Yo creo en mi hermano y amigo Xi Jinping, y creo en la ayuda de China”, remachó.